Crónicas de Mitón
Por el escritor Rafael Ramón Castellanos.

Llegué a Mitón el 15 de enero de 1949 y me hospedé en casa del educador Pablo Luis Zárate, quien era el Director de la Escuela, personaje popular e idóneo que disfrutaba de hacer pregón de su color bastante oscuro. Mis primeros amigos fueron Modesto Román, hombre recio, con un valor a toda prueba; don Andrés González y toda su familia; la señora Leonor Román, viuda de Valera, con sus hijas Aminda y Carmen y sus hijos José Miguel? y Heber Valera Román; allí hacía las tres comidas diarias al igual que otros comensales; Rafael Calderón, el viejo, su esposa y sus hijos Rafael, Pedro Régulo, Etelvina y la menor, Aída? Por cierto que Etelvina quiso enseñarme a bailar sin haber podido lograr su objetivo, pues que no fui favorecido con buen oído musical.

Mis inclinaciones de romántico campesino fijaron la mirada en la joven María del Rosario Arráiz, lo que me causó serios problemas con la dueña, ama o protectora de la niña, ya que movió los resortes de sus amistades para sacarme del cargo de maestro de la Escuela Federal Graduada “Roberto Gabaldón Irragory”, lo cual no logró sino más bien la sustituí, en su otro cargo de enfermera del dispensario del pueblo, pues era, además, dinámica educadora, bella y gentil. Yo sabía poner inyecciones, suturar heridas y los elementales mecanismos del caso, tal como aplicar vacunas, así como usar algunos medicamentos calmantes, pues el médico despachaba en Chejendé y acudía a Mitón cada quince o veintiún días.

El Director de plantel, Pablo Luís Zárate, me llamó una mañana, muy preocupado porque alguien había llevado al pueblo un periódico de Valera denominado Crisol, correspondiente al mes de enero de 1948 y allí aparecía mi nombre en una noticia desde Boconó en la cual me felicitaban por mi actividad comunitaria y como integrante de la juventud comunista. No podía negar lo escrito en esa columna de dicho semanario y no atiné a darle al colega Zárate una satisfacción al respecto. En la noche llegué de visitante a casa de don Andrés González, el Jefe Civil, con quién había hecho amistad a primera vista porque se me parecía mucho a don Rafael Antonio Pérez, un médico sin título que de Pampán iba a Santa Ana a ver enfermos y a curarlos; me alarmé cuando me llamó hacia un ventilado corredor detrás de la sala y me dijo “¿Qué le parece? quieren maestro Castellanos sacarlo del pueblo; muchachas hay muchas y es mejor que deje de andar mirando a la niña María Rosario, pues la comadre Cantalicia es muy delicada”.

Traté de hacerle a don Andrés algunas consideraciones sobre el asunto para mí no tenía importancia, pues había tantas muchachas agradables en el pueblo, pero no concreté nada porque me tenía muy conturbado lo que me había planteado el Director Zárate y comencé a contarle al señor Jefe Civil, quien me cortó al instante para decirme que ya le habían mostrado el periódico Crisol y que él tenía una solución salomónica, que me inscribiera en Copei y así se acabaría el rumor en cuanto a que iban a pedir mi destitución. De su casa salí con carnet verde. Al Director y amigo Zárate no pude dejar de narrarle lo acontecido; fue a la hora del recreo del siguiente día: “Uy – me dijo – eso está peor que lo otro, qué irá a pensar Cantalicia”. No hablamos más ni de uno ni de otro caso. Las clases, la diversión y mis poemas fueron el gran sedante.

Al poco tiempo se ampliaron mis contactos y formé un equipo de béisbol del cual hacíamos dos bandos y jugábamos, incómodamente en la plaza, pues el declive era muy acentuado hacia la parte de la casa del señor José Trinidad Semprún, pero de allí salimos a un terreno atrás de la escuela, pero a la derecha del camino que conduce del pueblo para La Montaña, La Loma, Bolivia, Las Virtudes y Santa Ana; allí practicábamos y jugábamos los domingos, pero don Andrés González dejó de ser Jefe Civil y lo sustituyó don Enrique Gásperi, quién prohibió el juego de béisbol en ese sitio y me hizo llamar “a su despacho” para amenazarme si continuaba con esas prácticas. Recuerdo que vinieron a acompañarme a la citación los alumnos Omar y Adolfo Vergara, Esteban Palma, y Humberto que vivía entre El Peonío y La Joya y del cual, no se porqué, olvidé su apellido a pesar de ser compañero de excursiones por el campo. He de decir, que estos muchachos y algunas de las damas alumnas, eran para mí algo así como condiscípulos más que alumnos y alumnas, pues cuando llegué al pueblo, tenía de edad 17 años, 5 meses y 8 días.

Qué odisea, fue aquella que libré con el admirado profesor Antonio Cortés Pérez, Supervisor Escolar del Estado Trujillo, para que me nombrara, pese a que desde 1946 yo era maestro alfabetizador y luego maestro de aula en el Centro de Alfabetización “Félix Berbecí Pérez” en Boconó. Ya tendré oportunidad de relatar los acontecimientos, pues el joven bachiller que venía del Colegio Federal de Boconó era, además de menor de edad, un participante político extremista que había recibido adoctrinamiento casi familiar de los médicos Humberto González Albano, en Santa Ana, y Héctor Anzola Espinoza en Boconó, así como del ex trabajador petrolero Patricio Valero.

Me he extendido en un preámbulo de evocación después de haber leído las apreciaciones de Aída Vergara, Jesús Valera, Gledys Infante, Alejandro Gil y especialmente Omar Vergara, de cuyo humilde hogar y de su familia tengo vivo el espíritu comunal y el pocillo de peltre para el café, en la cocina, y de la sonrisa pícara y maliciosa de Adolfo, su hermano, que juntos ellos dos, mi hermano Pedro, quien fue a visitarme al pueblo y el suscrito, con otros más bajamos un domingo a un sancochito por allá más hacia el sur de La Callecita, lugar donde estaban las casas de los Perdomo y de los Patiarroy y muy cerca de la del catire Blas Infante.

Cómo recuerdo aquellos palos de miche, que para todos creo que eran los primeros y el desarrollo de una borrachera que nos afectó el ágape porque mi hermano sacó a relucir un cuchillito, que no era nada extraño en mi tierra natal y nos costó mucho neutralizarlo, a pesar de la garra muscular de Omar. No digo nada, por ahora, de mi compañero entrañable Pedro Régulo Calderón porque ya tendré oportunidad de hacer, una crónica sobre él, su familia, sus aventuras y su partida de Mitón sin despedida alguna y sin causas aparentes.

Cómo recuerdo también a Carmen Cáceres, su tío Luis, su mamá y sus tías; de ella supe que se desempeñaba como enfermera en el pueblo de La Cejita a donde acudí por allá por el año 1994 a visitarla, pero sin suerte de dar con su persona. Qué grato sería que para el 15 de enero del 2009 pudiéramos hacer una tenida cívico cultural en Mitón, con ciertos visos de retorno. Yo aprovecharía para conmemorar los sesenta años de mi iniciación como docente de escuela graduada, poeta, investigador de la historia, novelista y HOMBRE, que es la única gran profesión que no nos la brinda la universidad.

Seguiré evocando al calor del recuerdo de aquella Escuela Federal Graduada “Roberto Gabaldón Iragorry”, personaje del cual hablé en 1961 en Asunción del Paraguay, en un homenaje a su hijo, el embajador y doctor en medicina Francisco Gabaldón Mazzarri, quien terminaba su misión y a quien sustituí, interinamente, por dos años, del 15 de enero de 1960 al 15 de enero de 1962, cuando fui destituido por ya no tener el respaldo oficial del doctor Ignacio Luís Arcaya, quien en gesto notable había renunciado al cargo de Ministro de Relaciones Exteriores.
Bolivarianamente, RRC Caracas, 14/11/2008

Casa del balcón.
En la grafica del año 1952, observamos la casa de los balcones ubicada en la calle comercio, propiedad de la niña Betsabé Briceño. En este lugar fue huésped Rafael Ramón Castellanos en la época que ejercía como educador en el pueblo de Mitón.